El tormento del hijo de la Roca

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Messener
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El tormento del hijo de la Roca

Mensajepor Messener » 30/Ago/2020, 20:09

La luz comenzaba a filtrarse a través de sus párpados según el astro rey se elevaba entre la inmensidad de los valles y forestas de Sirdaria. Ante aquello, el robusto comenzó a abrir sus ojos y vislumbró las inmediaciones, levantándose y recogiendo todos los pertrechos de su campamento improvisado. Apenas restaban unas cuantas leguas, pues las puertas y muros de la gran ciudadela ancestral de Khraz-Agnor ya se apreciaban en la distancia, encajonada en su inmensa montaña.

Con decisión abandonó la frondosa vera del camino y se abalanzó hacia él, prosiguiendo con su tránsito. El robusto se encontraba radiante, ataviado con una coraza de hierro meteórico repleta de motivos enánicos de una alta calidad, además de un martillo y una égida homónimas. Su mirada del tono del profundo océano permanecía fija en la distancia mientras contemplaba su hogar, resplandeciendo ante los haces de la luz del sol. Su paso era firme y determinante, denotando una energía y vigor sin precedentes propios de la motivación ante aquella visión.

Según se aproximaba hacia la Gran Montaña Yerma y dejaba a sus espaldas la frondosidad de los valles, el camino empinado le llevó hasta los muros de su ciudadela. Allí se encontraban todos, habían venido a recibirle después de tantos años alejado; su madre, sus hermanos de escudo e incluso el Señor de la Ciudadela. Todos esperaban allí coreando y vitoreando a su hermano según se aproximaba. Era una visión idílica, sus errores y desgracias del pasado habían sido perdonados. Por fin volvía a estar en casa.

Repentinamente, un poderoso temblor azotó todo aquel páramo y unos cuantos pedruscos precipitaron desde lo alto de la montaña al tiempo que el cielo se oscurecía, aplastando a varios de sus compatriotas que le esperaban frente al portón de la ciudadela. Un rugido abismal sacudió al unísono todo aquel entorno y como si la piedra que tapizaba todo aquel lugar no fuese más que arena, unas enormes brechas comenzaron a abrirse y a escupir magma candente del profundo interior de la tierra. A su vez, el gran portón de la ciudadela comenzó a expulsar ingentes cantidades de piedra fundida como si de una cascada se tratase, arrastrando e incinerando al instante a absolutamente todos los que le esperaban para recibirle.

Según aquella enorme marea candente se aproximaba al afamado robusto, una profunda voz gutural que parecía provenir de las mismas entrañas de la tierra reverberó en sus tímpanos, sacudiendo al enano mientras procuraba taparse los ojos y oídos para no apreciar todo aquel horror: -¡Estúpidos mortales! ¡Creísteis que los fuegos de la destrucción habían sido doblegados! ¡Ahora soy libre y todo lo que amáis será incinerado! ¡Y no hay nada que podáis hacer para evitarlo!-

Al sentir todo aquello Gennvar lanzó un alarido de horror, gritando con una desesperación nunca vista en él hasta que toda aquella marea de arrabio le alcanzó e incineró con su simple tacto, arrastrando su esqueleto carbonizado hacia los valles de Sirdaria mientras éstos se desintegraban a la vez que su ciudadela.

Justo en ese momento, con el corazón al borde del colapso y totalmente anegado en sudor abrió los ojos, contemplando las oscuras inmediaciones de aquella habitación sutilmente iluminadas por la lumbre mientras parpadeaba con nerviosismo. ¿Había sido una pesadilla? Si así lo era, fue la más lúcida que jamás había vivido, incluso más que cuando fue azotado por la maldición de aquella bruja.

Tambaleante se reincorporó en el lecho y se sentó en su borde, llevando ambas manos hasta su enorme vientre, presionándolo ligeramente al tiempo que su mandíbula permanecía aferrada por la tensión. Inspiró profundamente, mostrándose visiblemente alicaído mientras su faz se centraba en el suelo con arrepentimiento. En ese momento se terminó por pronunciar: -Ancestros... Sirdaria... os he vuelto a fallar. Debería haber detenido a esos piernas largas... ¡debería... haberlos machacado antes de aquello que hicieron! ¡No soy más... que un escorial! ¡UN ESCORIAL SIN FUERZA, SIN VOLUNTAD! No... no... ¡tengo que hacer algo! ¡Tengo que...!

Con presteza dio un pequeño brinco para bajar de la cama y se dirigió hacia su coraza y pertrechos bélicos manufacturados en bronce, ajustándolos rápidamente a su cuerpo para tras ello, disponerse a salir de la habitación a paso raudo.

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